Nuestra relación con otras organizaciones

EL ACOMPAÑAMIENTO DE TLACHINOLLAN EN LA LUCHA POR LA LIBERTAD DE FELIPE ARREAGA SANCHEZ

 

Cuando detuvieron a Felipe, mi esposo, que era asesor de la Organización de Mujeres Ecologistas de la Sierra de Petatlán, en diciembre del 2004, yo ni siquiera tenía la seguridad de que fueran policías los responsables, porque no nos mostraron la orden de aprehensión y tuve que ir siguiéndolos para estar segura de que lo llevaban a la cárcel de Zihuatanejo. Nomás me acuerdo que estaba como aturdida porque no podía entender que lo pudieran acusar de algún delito a él que toda su vida la dedicaba a buscar el bien de sus semejantes y a educar para el cuidado del ambiente.

 

Pero cuando supe que lo acusaban de un homicidio que ocurrió seis años atrás, del que todo mundo sabía quiénes eran los hechores, me indigné mucho porque claramente se trataba de una acusación injusta, hecha por gente poderosa nomás para perjudicarlo. Más me dolía saber que la pena por ése delito era de muchos años de cárcel, de plano me sentí desamparada porque de un día para otro me quitaban a mi compañero, sabiendo los problemas que los prisioneros padecen en las cárceles y que Felipe tenía algunos males que se podían agravar si estaba encarcelado.

 

Es verdad que no me faltó la solidaridad y el apoyo de mis familiares y vecinos, y también de las organizaciones que se enteraron de la detención y encarcelamiento de Felipe, pero de eso a que supiera yo cómo podría ayudarlo, todavía era muy difícil para mí porque sabía de malas experiencias con abogados que en vez de ayudar a sus defendidos se ponen del lado de la parte acusadora y así cobran a uno y otro, sin importarles la suerte del defendido.

 

No se si la palabra es desamparo, desdicha o injusticia, lo que sentía. A lo mejor todo eso junto era lo que me pasaba. Quería ayudar con mi vida a Felipe, si era preciso, pero no sabía cómo hacerlo, hasta que llegó como caída del cielo la ayuda internacional a través de Tlachinollan que mandó, a través del abogado Mario Patrón, y de la psicóloga Alejandra, el apoyo legal y psicológico que tanto nos sirvió.

 

La dedicación que los dos pusieron para ayudar a que Felipe tuviera acceso a la justicia, no me la esperaba porque actuaron mejor que si hubieran sido de mi familia. Yo veía que en realidad les dolía la situación que padecía mi marido y cada vez que venían y lo visitaban en la cárcel le daban ánimo y le hablaban con la seguridad de que harían lo necesario para ponerlo en libertad porque compartían con él todo el coraje que sentía por tan grande injusticia.

 

No nos dejaron sólos durante los diez meses que duró el encarcelamiento injusto de Felipe. Juntos celebramos su libertad en septiembre del 2005 como una victoria de todos pero reconociendo la labor especial que hicieron los abogados de Tlachinollan en su defensa legal exhibiendo que todo el delito falso fue fabricado por las propias autoridades que están al servicio de los caciques.

 

Con Felipe, ya cuando salió en libertad, platicábamos de la gran ayuda que tuvimos y que francamente nunca esperamos. Él me decía que tenía mucho aprecio por Mario y Alejandra. Que su ayuda le parecía inmerecida pero confiaba en que ellos se darían por bien correspondidos si continúabamos trabajando por la justicia desde el lugar donde vivimos.

 

De mi parte, yo que soy de pocas palabras para expresar lo que siento, ahora tengo la oportunidad de decir, o mejor de escribir, lo que siempre he querido decirle a Mario y Alejandra. Los admiro por la entrega que tienen a su trabajo. Veo que lo hacen con amor al prójimo, como cristianos, y hasta siento que son felices haciendo el bien.

 

Alejandra es siempre cariñosa y alegre. La veo como si fuera de mi familia y le guardo mucha gratitud porque me ayudó a tener confianza y esperanza. Con ellos aprendí mucho sobre la falta de justicia en nuestro país. Comprendí que siempre habrá enemigos que se opongan a que las cosas cambien para alcanzar la igualdad entre hombres y mujeres y respeto de la sociedad por el medio ambiente.

 

Ahora entiendo que aunque obremos con justicia siempre habrá personas que se sientan perjudicadas porque se ven afectadas en sus privilegios.

 

En los momentos más tristes de mi vida siempre encontré el apoyo y el desahogo en la compañía de Alejandra. No sólo mientras estuve sola porque mi marido sufrió una acusación injusta, sino cuando él murió, en un accidente, tres años después de que salió libre de la cárcel.

 

En poco tiempo perdí a mi marido dos veces y siempre conté con el apoyo psicológico que me hacía falta para seguir adelante.

 

Por eso agradezco que haya organizaciones en el mundo que presten atención a las víctimas y que lo hagan de manera profesional y humana porque así los luchadores sociales que podrían perderse por el miedo y la sensación de estar solos, adquieren doble compromiso porque su espíritu de lucha se fortalece.

 

 

Celsa Valdovinos Ríos.

El Barrozal, municipio de Petatlán. Agosto del 2011.